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Un prejuicio del sector editorial respecto de los discursos femeninos nos lleva a preguntar: por qué a menudo la mujer tiene que reducir la expresión de lo que desea.
Las intelectuales y artistas, ya no consideran suya la anquilosada imagen de la pena, fruto del silencio impuesto al dolor o a la alegría, a la esperanza o a la rebeldía estoica ante la frustración. Ya no es aceptable la identidad sin las admoniciones respectivas, y sólo adquiere valor lo que surge como reminiscencia en pliegue de un sentir, ya no sólo afectivo ni trascendente, sino ético. De ahí que la ruptura de las categorías eróticas sea tan compleja y decisiva para circunscribir al sujeto critico. Mas, la existencia y el sentir son dimensiones en las que afirmamos una posibilidad en la correspondencia y la reciprocidad.
La idea de estudiar a las escritoras como un grupo aparte no está basada en que todas sean iguales, o en que desarrollen un estilo parecido, propiamente femenino. Pero sí cuentan con una historia especial, susceptible de análisis, que incluye consideraciones tan complejas como la economía de su relación con el mercado literario; los efectos de los cambios sociales y políticos en la posición de las mujeres entre los individuos y las implicaciones de los estereotipos de la escritora así como de las restricciones de su independencia artística
Palabra en duelo (Música nocturna, 2002): Su lectura a solas y sin mediar conocimiento sobre la biografía de la autora, da la sensación de que estuviera deshojando una margarita o destejiendo el peplo de una musa a punto de escapar de un cautiverio, mientras enciende la llama de una lámpara. Es que el primer libro de Luna está escrito para abrir espacios, pliegues de una intimidad habitante y habitada por el vacío. Recitar sus versos en voz mediana, intentar luego entonar con la trovadoresa las estrofas de sus cántigas. Me refiero a su propia voz interior, que sólo ella puede reconocer y emitir, difícilmente comunicable por otros, la que escucha como llamado de la inspiración y, al escribir los versos que leemos, orienta de algún modo una tesitura musical que oímos en ellos. La consideración a esa voz desconocida prevalece de cierto modo cuando se lee pausadamente, casi como al traducir una partitura se puede inferir un preludio, una voz en otoño, el ascenso de una alondra o una música fiel a otra jamás oída. (Música nocturna, 2002): Su lectura a solas y sin mediar conocimiento sobre la biografía de la autora, da la sensación de que estuviera deshojando una margarita o destejiendo el peplo de una musa a punto de escapar de un cautiverio, mientras enciende la llama de una lámpara. Es que el primer libro de Luna está escrito para abrir espacios, pliegues de una intimidad habitante y habitada por el vacío. Recitar sus versos en voz mediana, intentar luego entonar con la trovadoresa las estrofas de sus cántigas. Me refiero a su propia voz interior, que sólo ella puede reconocer y emitir, difícilmente comunicable por otros, la que escucha como llamado de la inspiración y, al escribir los versos que leemos, orienta de algún modo una tesitura musical que oímos en ellos. La consideración a esa voz desconocida prevalece de cierto modo cuando se lee pausadamente, casi como al traducir una partitura se puede inferir un preludio, una voz en otoño, el ascenso de una alondra o una música fiel a otra jamás oída.
El libro consta de veintisiete poemas. Se abre con "Ser" y acaba con "Nombre sobre todo Nombre".
Veamos sus Temas o núcleos:
¿Qué interpretamos de los límites hacia la afirmación de sí misma? ¿Cuáles son los temas recurrentes a la identidad femenina? ¿Hay negación continua de los límites de lo real? ¿Cuáles son los sobresaltos del sueño, las sombras extrañas, la afirmación ansiosa del sujeto?
Iniciando la lectura observamos que el sujeto se encarna en el verbo bajo el influjo de una anunciación. El encanto que derrama "Astro desconocido", deja adivinar la imagen embozada en rasgos totémicos: el lucero nocturno que tiene la autora por mentor y análogo, más que por patronímico. Se trata de una asunción del ser, óntica más que nominal: trasunta actitudinalmente la impotencia por alcanzar el deseo de dar ternura ("abrigar, acompañar"). Tiene, sin embargo, como la tentación que impusiera Mefisto a Fausto al tornar transparentes los techos, la potencia de ver, tras los "cristales de las casas", las raras venturas y las comunes desventuras de la gente. Con su preciso atributo de dar luz, pero es fugaz, no posee el deslumbramiento solar ni la capacidad de dar calor; no obstante, domina omniscientemente el panorama, universalizándose, pues "todo lo puede ver" antes de que amanezca. Los desheredados de la urbe, marginados, y aquellos que sí tienen casa, pero que sufren lo "que nadie más puede ver" son testigos "mudos" de su paso lento por la noche. Percibe con claridad los sentimientos de los insomnes; más bien, vincula los sueños de hombres y mujeres. Éstos, por una parte, gozarían de "amoríos" o bien sufrirían, en orden creciente en cuanto a gravedad del mal, "duelos de palabras, indiferencias, desaliento, hambre, sed". Las carencias del bienestar humano, que en su omnisciencia lunar enumera, son relaciones fracasadas, que se presentan con mayor frecuencia que la adivinada felicidad.
Este enfrentamiento a la desesperanza generalizada para pulsar el desencanto sin contaminarse se debe a la asunción de un símbolo protector, elegido como el de mayor significación en todo el orbe nocturno.
Astro desconocido
Soy luna / que penetra silenciosamente / A través de los cristales de las casas / ... testigo mudo .../ silencios, amoríos... // Paseo, parques, playas, / desiertos, ciudades, /campos, ... / / y todo lo que pueda ver / antes del amanecer / son pocos los que me han mirado, / tal vez un pobre mendigo / un niño desarrapado / un hombre sin sueños / una mujer que no duerme; / al verme han pensado / abrigar, acompañar.
¿Cuándo dejó de ser parte de las categorías tutelares? ¿Bajo qué designio gira el orbe de lo existencial? Estados de cuerpo en proceso. Modos de una acción verbal fragmentada. Afirmación del devenir en el mundo de las cosas. Memoria e itinerario del cuerpo: un imaginario del rumor. La voz desautorizada por los estatutos de poder y totalidad. Esta palabra deja sentir sin aspavientos su rechazo y malestar para reconstruir su historia, desde lo más inmediato. El discurso poético en movimiento. El espacio vacío, la ausencia del otro. Movimiento: espacio de lo perdido.
¿Qué obra de poesía no nos remite a la alucinación y a las raíces de donde se puede dilucidar el futuro? Si bien Luna no es ajena a todas las marcas padecidas por las mujeres en el entorno patriarcal, tampoco es extraña a la fascinación de los conceptos mánticos, cuya relación con la expresión verbal está ritualizada por los sortilegios, como el trance de los adivinos se relaciona con la irrealidad de la visión dimanada de los objetos en que confía: el brillo difuso de la superficie de la esfera cristalina, el vaho del efluvio vaporoso, las caprichosas configuraciones que adopta un metal fundido al pasar del estado líquido al sólido abruptamente al ser sumergido en agua fría. Ella, leve, se remonta a la tierra, a la ciudad, al hogar, a través de la figura del lago; veamos el texto "Esencia", donde asoma una contemplación:
Un lago/ Azul/ llega/ a las entrañas mismas / de la tierra//
revoloteo/ de un destello/ de Luz.
Hasta dónde los arquetipos de la madre y la mujer en la tradición literaria se ha convertido en clásica: "mujer-agua" (madre-agua, o mujer-mar o mujer-lago), ello está implícito también en "Esencia", más aún en tanto el lago se reconoce en la tierra. Mujer-agua/mujer-reflejo/mujer-luz. Y la autora estaría detrás del destello. Este texto me trae a la memoria el verso de Sombra del Paraíso del español Vicente Aleixandre:
Sí, poeta; arroja este libro que pretende encerrar / en sus páginas un destello de sol, en sus páginas un destello de sol,
La dimensión femenina es abordada desde diversos ángulos, la autora pasa a estados de ánimo a veces contradictorios, crudos, oscuros como en "Insondable Compañera":
Tú, la de los mil rostros cambiantes / sombra pegajosa en mi ser ulceroso / intuyo y reconozco tu presencia sin saber por qué. / Fétida, maloliente, invadiendo todos mis espacios/ Quebrantando cada uno de mis huesos/ bañas con tu sudor hediondo / Cada célula de mi ser. Fétida, maloliente, invadiendo todos mis espacios/ Quebrantando cada uno de mis huesos/ bañas con tu sudor hediondo / Cada célula de mi ser.
La escritura es abierta a una lectura sin reparos, en el sentido de que la imagen poética no dependerá de recursos retóricos y estilísticos. Aquí y ahora, las victorias se hallan no en un desacuerdo sino en la congruencia vital. Por eso, el discurso poético es un acto de justicia, en tanto que testimonia nuestra autonomía, reivindicando en la cultura nuestro origen.
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